SAN JUAN DE LA CRUZ…

Hoy es aniversario de la muerte de San Juan de la Cruz. Y no quiero dejar morir el día sin dedicarle un recuerdo. Y falto de tiempo para otra cosa, reproduzco el breve escrito que sobre él hice por estas mismas fechas.

­——————————

 

 

Talsan-juan-cruz-canto-espiritual-l-oipsyk día como hoy, el 14 de diciembre de 1591, en Úbeda (Jaén), moría San Juan de la Cruz.
Murió justo al comenzar ese día, cuando la campana del convento llamaba a maitines. Juan preguntó a qué tañía la campana, y le respondieron que a maitines. Él, abriendo los ojos, y tras miran a quienes le rodeaban, dijo: “al cielo me voy a rezarlos”.

Besó los pies del crucifijo que tenía en sus manos, y dijo a su Amado: “A tus manos encomiendo mi espíritu”.

Momentos antes, quiso que le leyeran el Cantar de los Cantares, el libro bíblico que tan bien expresa su experiencia de Dios. Podemos también decir que inspiró su Cántico espiritual…

Aquel año de 1591 fue un año de mortificación para Juan de la Cruz. O tal vez mejor de purificación. Un año en que iba a experimentar todo el alcance de lo que dijera a ese gran hermano suyo, Francisco Yepes[1], ese mismo año, por primavera en Segovia:

“Quiero contaros una cosa que me sucedió con Nuestro Señor. Teníamos un crucifijo[2] en el convento, y estando yo un día delante de él, parecióme estaría más decentemente en la iglesia, y con deseo de que no sólo los religiosos le reverenciasen, sino también los de fuera, hícelo como me había parecido. Después de tenerle en la Iglesia puesto lo más decentemente que yo pude, estando un día en oración delante de él, me dijo: ‘Fray Juan, pídeme lo que quisieres, que yo te lo concederé por este servicio que me has hecho’. Yo le dije: ‘Señor, lo que quiero que me deis es trabajos que padecer por vos, y que sea yo menospreciado y tenido en poco’. Esto pedí a Nuestro Señor, y Su Majestad lo ha trocado, de suerte que antes tengo pena de la mucha honra que me hacen tan sin merecerla”.

Y aquello que pidió, se le concedió. O tal vez lo presentía. Será un año de renuncias, de verse relegado y de dolores físicos. Sus desavenencias con P. Doria harán que en capítulo de Madrid de 1 de junio de 1591, salga Fray Juan sin cargo alguno, disponible voluntariamente para ir a México. Pero el mismo padre Nicolás Doria impedirá realizar ese deseo. Le sugiere ir a Segovia, pero al final se le envía a la provincia de Andalucía, para que allí el vicario provincial Antonio de Jesús, amigo de Fray Juan, le asigne conventualidad en cualquiera de los conventos que allí tiene la orden.

Juan de la Cruz siente que está siendo labrado para que su piedra asiente bien en el lugar asignado del soberano edificio. Algunos rencores y envidias le han llevado a tener que soportar calumnias y verse relegado a un rincón.

Se instala en La Peñuela, provincia de Jaén, a la espera que le asignen un convento definitivo. Son días de oración, trabajo en el campo y de retocar sus escritos. Siente a veces su alma muy pobre, como atravesando un desierto; pero también el desierto es admirable.

Es a finales del verano de ese año, mientras trabaja en las viñas, cuando siente un dolor agudo en el pie y aparece una mancha carmesí que luego le apostemó el pie y la pierna. Y empiezan las “calenturillas”. Los hermanos de La Peñuela sugieren trasladarlo a Baeza, donde hay conocidos de Fray Juan que podrán tratar bien su dolencia. Pero él considera que mejor pasar desapercibido, y pide ir a Úbeda. Allí llega la víspera de San Miguel. Pero mira por donde el prior del convento, Francisco Crisóstomo, es de los desafectos al santo, y no le facilitó el encuentro con el amado. A los dolores del mal y de las curas se unía la mezquindad del prior, que le escatima la comida y el lavado de las ropas y hasta de las vendas que cubrían sus heridas.220px-john_of_the_cross_crucifixion_sketch

Pero a pesar de todo esto, Juan de la Cruz se mantiene de tal forma que no es espectáculo de dolor, sino de amor. Dolores y desatenciones no hacen sino purificarlo para su encuentro con el Amado, haciendo verdad aquello de que para el que ama “no le puede ser amarga la muerte”[3].

Así murió Juan de la Cruz el 14 de diciembre de 1591, a los 49 años de edad, pidiendo perdón por las molestias causadas a quien tanto hizo por aumentárselas a él.

¿De qué murió Juan de la Cruz? De la septicemia causada por su mal, sí, pero también por la atracción que sobre él ejerce el Amado. Él, que consideraba el deseo de morir como una imperfección antinatural[4], vivía en la tensión de saber que “no se puede vivir en gloria y en carne mortal juntamente”[5].

Y ya muerto, San Juan de la Cruz, aquel frailecillo más bien menguado de estatura, nos dejó un gigante a cuyos hombros subidos podemos contemplar un paisaje más amplio y bello.

…Y bueno será acabar este recuerdo con la lectura atenta de uno de sus conocidos poemas:

En una noche oscura
con ansias en amores inflamada
¡oh dichosa ventura!
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada,

a oscuras y segura
por la secreta escala disfrazada,
¡oh dichosa ventura!
a oscuras y en celada
estando ya mi casa sosegada.

En la noche dichosa
en secreto que nadie me veía
ni yo miraba cosa
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.

Aquesta me guiaba
más cierto que la luz del mediodía
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía
en sitio donde nadie aparecía.

¡Oh noche, que guiaste!
¡Oh noche amable más que la alborada!
¡Oh noche que juntaste
amado con amada,
amada en el amado transformada!

En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba
allí quedó dormido
y yo le regalaba
y el ventalle de cedros aire daba.

El aire de la almena
cuando yo sus cabellos esparcía
con su mano serena
y en mi cuello hería
y todos mis sentidos suspendía.

Quedéme y olvidéme
el rostro recliné sobre el amado;
cesó todo, y dejéme
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

[1] Le llamo grande, pues este hombre, albañil, que no sabía escribir y apenas deletrear, alegre, a quien gustaba cantar, danzar y tocar la guitarra para acompañar coplillas, era muy espiritual. Acompañaba frecuentemente a Juan de la Cruz, y era a él a quien el santo le hacía sus revelaciones más íntimas. A pesar de ser pobre y tener no pocas cargas familiares, su corazón compasivo le hacía socorrer a quienes se encontraban en más necesidad que él, como aparecer por la casa con un pobre recogido de la calle para que tomara una taza de caldo caliente y evitar que durmiera a la fría intemperie de Castilla. El joven Juan de la Cruz admiró mucho a su hermano y deseó ser como él.

[2] Francisco de Yepes al relatar esto se equivocó, pues no era un crucifijo, sino un cuadro.

[3] Cántico B, 11,10

[4] Cántico B, 11, 8

[5] Cántico B, 11, 9

EL HUMANISMO RENACENTISTA…

  1. Muchas de nuestras ideas y actitudes provienen, en germen, de ese periodo de la historia europea conocido como Renacimiento, en cuyo interior, como uno de sus grandes motores, actuó el humanismo. Por lo menos, ahí estuvo el inicio de un subciclo histórico, dentro de un ciclo mucho mayor, más inmediatamente relacionado con nuestra realidad actual.
  2. Empecemos por la palabra. Humanismo es un término relativamente reciente. Parece ser que en su forma latinizada (como humanismus) fue introducido a principios del siglo XIX por el pedagogo alemán D.J. Niethammer para designar así la importancia de la lengua y la literatura griega y latina para la educación secundaria. Así se pensaba, hasta hace poco, de estas lenguas clásicas, y se defendía su permanencia en el currículo de los alumnos por su valor formativo.
  3. El uso de la palabra latina “humanista” empieza a ser corriente a principios del siglo XVI para nombrar a aquellos que se dedican a los studia humanitatis, estudios que comprendían la gramática, la historia, la retórica, la poesía y la filosofía moral, junto, naturalmente, del latín y el griego.
  4. Las disciplinas que componían los studia humanitatis no eran un simple curso de estudios que transmiten nociones y fórmulas ampliamente discutidas y asentadas. No. Los studia humanitatis eran instrumentos para alcanzar un ideal: el desarrollo de la libertad y la creatividad humanas, de todas esas cualidades que permiten al ser humano vivir felizmente en una sociedad de hombres. Eran estudios destinados a los que habían de ser protagonistas en el proyecto de construir un mundo moral, cultural y políticamente nuevo, presidido por el lema iuvat vivere, vivir es hermoso.
  5. Se trataba de un ideal enlazado con el ideal griego de la paideia, es decir, lograr mediante la educación dar al hombre esas cualidades que le hacen verdaderamente humano, que lo liberan de su condición natural y bárbara. Este ideal fue asumido por los romanos con el nombre de humanitas y encontró en Cicerón, Varrón o Quintiliano unos portavoces ilustres en la época de la República Romana.
  6. Tanto la paideia griega como la humanitas romana expresan una operación cultural, la construcción del hombre civil que articula la sociedad humana. Es en ese ideal que se forman la clase intelectual y política, los miembros activos de esa sociedad clásica del siglo I a. C.
  7. Desde un punto de vista cronológico, el humanismo renacentista europeo va desde la segunda mitad del siglo XIV hasta finales del siglo XVI. Como todas las fronteras cronológicas, sus contornos son imprecisos y relativos al lugar que se considere. No es igual en Italia que en España, donde algunos autores consideran que la Edad Media perdura casi hasta el siglo XVIII, lo cual no es verdad, pero ayuda a comprender lo mucho que hay de convencional a la hora de datar el periodo del humanismo.
  8. ¿Cuál era la imagen que de su tiempo tenían los humanistas y qué significado le atribuían?. Ellos perciben su tiempo como un tiempo especial: un tiempo en que la humanidad despierta del largo sueño del medioevo. El orden establecido a partir de la imagen de Dios extraída de la Escritura y su interpretación por la Iglesia ya no satisface, no responde a la realidad. Y en eso consiste el despertar: es un renacer a la vida, a la realidad.
  9. Hay épocas en que el pasado es recibido como una riqueza, algo digno de ser conservado y transmitido a la generación siguiente. Pero en otras, lo recibido es como un peso muerto, inservible para hacer frente a los retos del presente; algo que coarta la propia libertad. Son tiempos de ruptura.
  10. En esas épocas de ruptura ya no se trata de desarrollar y completar las realizaciones de la época precedente, sino de construir algo “nuevo”, lo que solamente es posible con la muerte y desaparición de lo anterior. Pero para volver a nacer de nuevo es preciso volver a los orígenes, pues es allí donde se encuentra la fuerza, el ímpetu necesario para ese nuevo nacimiento.
  11. Atribuir a la Edad Media una visión del mundo como lugar de culpa y sufrimiento, un lugar en el que el hombre ha sido arrojado por el pecado de Adán y del que sólo es deseable huir; que el hombre en sí no es nada y nada puede hacer por sí solo, que sus deseos son locura y soberbia, pues todo acaba con la muerte, etc., etc., atribuirle todo eso, digo, es más una visión del Renacimiento sobre el medioevo que una visión medieval. Y pudiera ser que ni eso, sino una interpretación histórica de lo que fue esa época de transición a la modernidad. Como toda visión de rechazo tiene apoyaturas en la realidad, pero también adolece de la incomprensión propia del que se coloca “fuera de la época”.
  12. Pero ¿de dónde renacer? ¿De dónde me vendrá la fuerza de los orígenes? ¿Dónde inspirarse para encontrar los modelos a recrear? Para los hombres de los siglos XV y XVI europeos son los autores greco-romanos. Es en ellos donde se recoge la experiencia de una civilización con las potencialidades originarias de la humanidad.
  13. Inevitablemente, esos orígenes y esa civilización son idealizados, abstrayendo de ellos la esclavitud, la crueldad, las guerras…, todo aquello que planea como la sombra de una cultura. De ser perfectos, ¿habrían desaparecido?. El mundo medieval aparece como el mundo que destruyó, olvidó u ocultó aquel mundo idealizado.
  14. El conocimiento del latín y el griego clásicos permite la lectura de unas obras que hablan de los hombres y las cosas de este mundo, de sus afanes, dificultades, gestas, aspiraciones y amores. Frente a los escritos de carácter teológico y relacionados con la transcendencia (las divinae litterae), están los escritos de aquellos, generalmente seglares, que recogen ideas y temas del hombre y su mundo, las humanae litterae.
  15. Para el humanista el texto de la cultura greco-latina es mirado ahora con amor, se intenta reconstruir, conservar en su forma original, liberarlo de los errores e interpolaciones de los copistas… Se trata de captarlo con perspectiva histórica, como se hace en la pintura, donde se introduce la perspectiva en la representación de las escenas. Eso permite ver el fondo de donde emergen las figuras.
  16. Pero aquel que vuelve a los orígenes y lee atentamente los códices antiguos ya no es un griego ni un romano. Es alguien nacido y educado en el cristianismo. De ahí que su actitud sea nueva, distinta de la de los clásicos que imita. Y eso da como consecuencia una nueva orientación a la vida científica, moral, religiosa, política, artística…
  17. El acercamiento histórico al humanismo es necesario. Pero corresponde a la filosofía tratar de ver la concepción del ser envuelta en el fenómeno histórico. Lo intentaré en otro momento.

VERDAD, SIGNIFICACIÓN Y SENTIDO

Reproduzco este artículo que escribí hace ya bastantes años y que puede ayudar a ver la mentalidad con la que se aborda este cuaderno de bitácora: deseo de una verdad significativa, que dé sentido a la vida, al menos la personal…

__________

Existe hoy la opinión, bastante generalizada, de considerar como único conocimiento fiable el que proporciona la ciencia. Una parte del éxito de este tipo de conocimiento se debe a su contribución al dominio de la naturaleza y al bienestar de los hombres. Los descubrimientos en el campo de la Física, la Química o la Biología, por ejemplo, han servido para hacer la vida más cómoda y segura. Pero también ha contribuido a su prestigio el que sus cultivadores hayan logrado el consenso suficiente sobre cómo tratar los problemas que se plantean. Ellos delimitan bien el objeto de su investigación, sujetan sus hipótesis explicativas a un lenguaje riguroso, y los procedimientos para contrastar la veracidad de sus hipótesis son claros y repetibles por cualquiera que reúna las condiciones para hacerlo. Sus resultados pueden ser enseñados,  mostrados a otros, bien para ser aprendidos o criticados.

Gracias a esta forma de proceder, la ciencia ha puesto al descubierto una enorme cantidad de fenómenos de la Naturaleza, tanto en el campo de lo microscópico como macroscópico. Conocemos más cosas del universo y de los elementos que constituyen la materia y la vida. La ciencia no solamente nos ha descubierto hechos que escapan a la  percepción común, sino que ha ido estableciendo las leyes que regulan esos hechos y ha elaborado teorías con las que se explican amplios campos de la realidad.

El contenido de la ciencia está, pues, formado por las respuestas que los hombres han logrado a cierto tipo de preguntas sobre la realidad. ¿Qué tipo de preguntas?. Aquellas que la nuda presencia de las cosas provoca a su inteligencia. Preguntas tales, como saber el porqué de los cambios de la Luna, a qué se debe que los colores del arco iris sean esos y no otros, cómo es que, en ocasiones se producen heladas tardías o cómo enferma su cuerpo y qué remedios pueden sanarlo. Preguntas cuya respuesta exacta le permiten conocer mejor la complejidad de la realidad y pueden ayudarle a tomar decisiones acertadas para su bien.

Ahora bien, esa exactitud se ha ido logrando en la medida que se ha ido eliminando el sujeto concreto que formula la pregunta y la respuesta. Es decir: en la medida que se han ido suprimiendo los sentimientos, creencias, deseos y demás aspectos del yo que conoce. Todos esos elementos son tachados de “subjetivos”, es decir, interferencias en el conocimiento objetivo de la realidad. En la ciencia moderna las dicotomías sujeto – objeto, cuerpo – espíritu, fenómeno – noúmeno, voluntad – representación, etc. se han ido superando  por la eliminación del sujeto, el espíritu o la voluntad. Estos elementos parecen estar de más en las explicaciones de las cosas o del actuar humano para la ciencia moderna. Al menos, idealmente.

Esta situación del conocimiento puede ser ilustrada por el aforismo 5.631 del Tractatus Logico-philosophicus de Wittgenstein: “El sujeto pensante, representante, no existe. Si yo escribiese un libro titulado El mundo como yo lo encuentro, debería referirme en él a mi cuerpo y decir qué miembros obedecen a mi voluntad y cuáles no, etc. Este sería el método para aislar al sujeto o aún mejor para mostrar que en un sentido importante no hay sujeto; precisamente sólo de él no se podría hablar en este libro”. Y no hubiera podido hablar de él porque el sujeto es “el límite del mundo”[1], y, por consiguiente, no entra en él. De ahí que corrija a Russell, el cual entendía el enunciado como la expresión de la relación entre un pensamiento y un hecho; para Wittgenstein tiene la forma <’p’ dice p>, donde el primer p es también un hecho, no un objeto simple, un pensamiento, un alma, sino sencillamente, el hecho de decir”[2].

Sirva esto de ejemplo de la tendencia a suprimir el sujeto del campo de conocimiento, por más que resulte “profundamente misterioso”[3].

Con esta tendencia a eliminar el sujeto, de limitarse a la objetividad, la ciencia (y sus resultados, los enunciados científicos) deviene fáctica, no solamente en el sentido de que trata de hechos, sino que ella misma es otro hecho más. Se da así la paradoja de que ciencia puede producir “verdades”, pero no puede orientar al hombre en su vida. Y no puede porque, por principio, se ha desentendido de él. De ahí que, a pesar de tanta ciencia, el hombre concreto se siente cada vez más confuso y desorientado. Su situación se asemeja a la de aquel a quien le han proporcionado las piezas de un puzzle, sin enseñarle la imagen que le permite montarlo. La racionalidad científica padece de una limitación fundamental: la de no proporcionar al hombre el fundamento que dé unidad y sentido a su experiencia de la vida. La ciencia no proporciona ese fundamento sencillamente porque no puede. Ella nació para saber exacta y fehacientemente lo que hay, en un movimiento de acercamiento analítico a las cosas.

Pero la necesidad de esa imagen que permita interpretar y dar unidad a su realidad es consubstancial al hombre, y la afirma incluso cuando la niega. Cuando declara que “no hay ninguna imagen válida universalmente”, esto ya orienta su pensamiento en la dirección determinada de ver en censura toda respuesta positiva a la unidad de los hechos que hay. También existe la posibilidad de desentenderse de la búsqueda de tal unidad, un vivir “en indiferencia” respecto a aquello que sea el fundamento de su vida. El existir humano, que no puede renunciar a su conciencia, lleva envuelto una opción frente al fundamento unificador de lo que hay.

Todo saber reclama un entender, y esto es distinto de saber. Sabemos muchas cosas que no entendemos. Para entender se precisa una activa participación del sujeto concreto en el saber. Ese activo tomar parte consiste en contemplarlo interrogativamente. Y las preguntas se hacen desde lo que uno es y según sea su estar en la realidad. Aquello que las verdades factuales significan se entiende según las concretas transformaciones de la conciencia de uno mismo, pues es ella la que abarca en una mirada la totalidad de lo que hay. Y esto no se logra sin ejercicio, el ejercicio que significa una vida intelectual[4]. Solamente así las diversas verdades muestran su unidad subyacente y adquieren significado, pues sitúan al sujeto ante la verdad de las cosas. Es esta verdad en singular la que hace posible que las meras cosas adquieran su  valor propio, y ocupen un lugar determinado  en la construcción del sujeto y su mundo.

Y esta construcción no se da arbitrariamente ni en solitario. Se hace en diálogo: diálogo con uno mismo, con los otros, con su tiempo y con su historia. El es la condición para que pueda ser descubierto el significado de las cosas. Y ese diálogo es posible allí donde hay logos diversos, no iguales, aunque si estén todos en el mismo lado. Un diálogo meramente entre iguales, sin ninguna cualificación, equivaldría a un monólogo a diversas voces: no facilitaría ningún avance. Los interlocutores deben estar cualificados para que las preguntas que mueven el diálogo surjan desde la experiencia del camino explorado. Esto no impide descubrir nuevos caminos, y sí evita tomar caminos equivocados.

El mismo hombre que busca entender a las cosas y a los demás hombres busca también ser entendido, comprendido. Necesita descubrir el para qué de todo ese movimiento de relación con el mundo, con los otros y consigo mismo. De hecho vive siempre en un para qué, implícito o explícito. Toda su actividad viene acompañada de un sentido. Aun cuando sea la nada su horizonte, lo vive como trascendencia que justifique su forma de estar en el mundo. Y esto tampoco es arbitrario y opcional: es una exigencia del “logos” en que se desenvuelve su vida. Dios es el horizonte hacia el que se mueve su vida, horizonte que se afirma incluso cuando se niega.

Comte interpretó la evolución del pensamiento de la humanidad según la doctrina de los tres estadios. A un estadio mítico-religioso, le siguió un estadio metafísico, y a éste el científico positivo, siguiendo un esquema que iría desde la infancia a la madurez. Aparentemente, la evolución fáctica ha sido así. Pero esta doctrina descuida el hecho oculto esencial de que las ciencias concretas encuentran su fundamento en la Metafísica, y la Metafísica en la religión: solamente a la luz de la religión vemos qué es la Metafísica, y  la luz de la Metafísica, qué es la ciencia, y no al revés. Un hombre maduro que olvidara absolutamente su infancia y su juventud dejaría de ser ipso facto un hombre maduro, y no podría entender cómo ha llegado a ser.

El hombre necesita sustentar su vida en la verdad, que para ser completa necesita tener significado y sentido. Y esto por exigencia de su naturaleza racional.

Decía Alan Watts, “para el liberalismo moderno, la idea de una sociedad espiritualmente unánime parece tan imposible como indeseable”[5]. Pero justamente el abandono de ese objetivo lo
realiza, pues todos se han puesto de acuerdo que no hay tal objetivo común. Y dado el supuesto de que se carece de un objetivo tal, se ha buscado lo común en el campo de los puros hechos, y, como no podía ser de otra forma, lo único común que se ha encontrado es que todos necesitamos alimentarnos, guarecernos, y disponer de ciertas cosas. Es decir, la economía.

A nadie se le puede imponer una determinada concepción de la vida. Comprender el significado y sentido de algo es un acto intelectual individual que se da o no se da. Concluir de ahí que cualquier concepción vale lo mismo que otra es un error. Hoy se entiende el derecho a ser respetado en su pensamiento como el derecho a pensar cada uno según le plazca. De este modo se ha conseguido que prácticamente todos piensen igual: todos dicen lo primero que se les ocurre. Y lo que se les ocurre viene frecuentemente determinado por los creadores de opinión.

El hombre moderno, sin sostén interior, encuentra su justificación espiritual en sí mismo, ya que nadie está en este sentido cualificado para él. En este terreno está sencillamente solo, a merced de la arbitrariedad de sus pensamientos. No solamente no cree en nada, sino que no puede creer. Y esto facilita su manipulación por un sistema que ha hecho de la economía su religión.

[1][1] L. WITTGENSTEIN, Tractatus Logico-Philosophicus, 5.6
[2] ibid, 5.542
[3] L. WITTGENSTEIN. Notebooks,5/8/16
[4] Por vida intelectual no entiendo nada libresco o lo que sociológicamente se entiende por “intelectuales”. Vida intelectual es relacionarse con la vida en reflexión, cosa que puede hacerse desde muy diversas situaciones humanas.
[5] Alan W. WATTS. La suprema identidad, pg.20.Barcelona, 1978

Más información